Tres textos del libro Colección privada

ECHARLA DE MENOS

A veces me pregunto qué habrá sido de ella, qué habrá sido de nuestro perenne ayer, qué habrá sido de mí. Hay días, como hoy, en los que todo huele a vacío, a carencia. Me puedo quedar aquí produciendo y sintiendo, al mismo tiempo, que añoro al amor que se fue y que odio gran parte de mi entorno social: incluyo al imbécil que acaba de arrojar la reja del edificio donde dicen que vivo, como si quisiera desfogarse de algo (no, claro que no, apuesto que es tan inepto que ni siquiera lo ha pensado así).
«Sólo estoy donde no estoy» es una frase que escribí hace algún tiempo y que, por cierto, ahora mismo define mi entera realidad: la imagen que supone la inexistencia de mi ser en alguna parte donde se divise mi cuerpo. Hay rachas en la vida en las que sencillamente no te sale una, tropiezas con la nada. La pena del amor vencido por los incidentes está significando, para mí, el reinicio ineluctable del infortunio, el reconocimiento de varios fallos vivenciales, el miedo por el futuro y el afán por reencontrar la certidumbre.
Uno mismo, como buen sentimental, se aferra al espacio inhabitado de quien ya no está (temor, nostalgia, la pena de saber que, quien ocupaba un lugar, mal o bien, sencillamente dejó de hacerlo). Mi pregunta actual, delante de un espejo, es la siguiente: ¿extrañar a quién? Frecuentemente uno mismo —y nuevamente como buen sentimental— no tiene la valentía de admitir que algo se acabó, que ella ya no es ella, que uno ya no es uno, que la relación ahora es la misma que la de dos desconocidos. Algo frustrante y digno de pesadumbre, por supuesto.
El caso es que, así como les sucede a varios, cuando me topo con ella no tengo idea de qué decirle, no elaboro pensamientos con decencia. Tal vez sea saludable aquello de utilizar la prudencia como escudo para no originar más heridas, pero también puede que no, que lo único coherente sea decir la verdad: un «te amo». La única conclusión a la que se puede llegar ahora mismo es que echarla de menos también es, sin duda, una forma de estar vivo.

 

EL PROPÓSITO

—Deberías animarte —dijo Daniela—, recomponerte, salir un poco más.
—Una copa y un poco de paz, eso es todo lo que me apetece.
—¿Qué hiciste ayer?
—Dejar la mitad de mi vida en el sauna.
—Y extrañarla…
—Hice lo de siempre: corregir textos a cambio de nada.
—Es algo momentáneo —aseguró ella muy positiva—, pasará cuando vuelvas a la universidad.
—El tiempo no se detiene, sólo eso me preocupa.
—No te preocupa cuando piensas en ella.
—Ya pasará, en algún momento pasará.
—Todavía podrías buscarla…
—Eres la segunda persona que me lo dice.
—¿Y por qué no lo haces?
—No tiene sentido, Daniela —dije con certeza—. Se terminó, eso no da para más.
—Pero hay amor…
—No alcanza.
—¿Tienes miedo?
—Sólo tenía miedo de perderla, y ya la perdí.
—Y entonces, ¿qué tienes pensado hacer?
—Lo de siempre: intentar sobrevivir.

 

TRUCULENCIAS DE LA VIDA

Iba camino al supermercado, debía comprar cerveza para una inmediata reunión de camaradería. Ya en las inmediaciones, y avanzando a paso veloz, observé que un vehículo rojo frenaba extemporáneamente a varios metros de mí. Les cuento, por un momento me sentí como en una novela de Raymond Chandler. Descendieron dos mujeres: una de alrededor de 50 años; la otra, una joven que, por su ubicación y por obra de mi pésima vista, sólo alcancé a divisar de perfil y con premura. Imaginé, de forma obvia y poco trascendente, que eran madre e hija. No era momento, pues, para ser Philip Marlowe.
Continué mi camino como lo haría cualquier transeúnte a quien no le ocurre nada extraordinario. Ingresé al lugar, encontré los elementos, me harté de impulsar el cochecito y me dispuse a pagar. No tardé más de lo previsto, la puntualidad seguiría siendo una de mis mayores virtudes. Mientras el caballero de la caja me auxiliaba con las bolsas advertí, a pocos pasos, a la señora del auto rojo separando algunos billetes y retornándome la mirada con gesto cordial.
Nada de esto era fuera de lo común, nada hasta que noté la figura de quien era su acompañante. Quedé perplejo: era mi exnovia. Apareció de la nada, distraída, sin mirarme; sonriente, como si la tarde tuviera sentido, como si su ser fuera todo lo contrario a lo que soy yo, como si dentro de la bolsa que llevaba en la mano contuviera toda una historia feliz. La vi, después de tiempo, sin que ella notara mi presencia (al menos eso parecía). La vi, y cualquiera diría que no había cambiado, sin embargo, y por truculencias de la vida, yo tenía la misma seguridad de siempre: ella ya no era ella.
Me marché…

Diego M. Eguiguren, Colección privada, 2012
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú
ISBN: 978-612-46004-5-6