Cinco poemas del libro Bajo un cielo de ceniza

DESDE EL BAR QUE NUNCA CIERRA

Diré que todo fue un craso error,
y lo diré con razón.
Diré que ahora paso las tardes
extraviando mis ideas
en un libro de otoño y que,
al anochecer,
un bar que nunca cierra
me da la salvación.

¿Qué pensarías de esta situación
si me vieras aturdido por nuestro huracán?
Seguramente juzgarías,
y con razón,
que estoy exhausto de resucitar.

Alguna vez me tomaré un día libre
y reservaré,
en un café,
una mesa para dos:
me explicaré las cosas
que nunca fui capaz de contestar
cuando me fui por la mitad.

¿Qué puedo ahora callar?
Me importa lo que digas
y lo que sentencie tu pensar,
pero sé que ante tus ojos
yo no soy real.

Los meses,
grises y apenados,
se marcharán sin avisar.

¿Quién vendrá después a higienizar
este aguacero?
Ya luego se verá.
Una noche más,
y por tantas otras más,
sólo me apetece levantar las copas
y brindar,
brindar para olvidar.

 

LAGO

En realidad,
y aunque lo niegue,
has logrado rescatarme
de una vida de muerte.
Hoy ya no tengo más escombros
del infierno que sentí.
Entiendo que no es fácil de creer,
pero afortunado te diré
que, más allá de vivir mis días más felices
y de haber salvado a mi risa de su entierro,
no concibo otro futuro
que morirme en tu lago
cada noche y en sosiego.

 

TU ROSTRO: UN GOLPE BAJO

Veo tu rostro de golpe bajo
sobre la niebla
de penas sin fondo
y un bar cerrado.

Triunfos de barro,
sueños vacíos,
golpes certeros
en este presente
de sed y de olvido.

Desorientado
cruzo la calle,
oigo en silencio
tu voz de sangre.

Veo tu rostro de golpe bajo,
vuela en el cielo
como un cometa
de amores falsos.

Viejas batallas,
balas de antaño,
sobres sin nada
en este presente
de cartas en blanco.

Desconcertado
cruzo otra calle,
busco un albergue
en tierras de nadie.

Veo tu rostro de golpe bajo
sobrevolando cerros
de errores
y un río helado.

No hay esperanza,
no queda nada.
Y veo al pasado
con armas blancas
en tu mirada.

 

CUARTO VACÍO

La tos se burla de mí,
tengo vidrios rotos en la voz.
Esta madrugada he terminado una obra eterna,
he recogido mi garganta
y me he dirigido a mi habitación.

Descanso entre llamas
y en perfecto silencio.
Te siento a mi lado,
ya no tan lejos.
No mueres conmigo,
pero cierro los ojos
y puedo besar,
con reposo,
tus párpados tranquilos
olvidándolo todo.

Entre sueños te observo,
en la cama dormitas como tigre dormido.
Me entrego a tus campos y medito,
con sosiego,
si mi vida ha progresado,
si sigue siendo de cartón
o ahora es de anhelos.

Y todo,
absolutamente todo
por echarte de menos
en este cuarto vacío
que extraña tu amor,
tu amor y tus besos
de Dios y de fuego
que exige mi prado
en todo momento.

 

BAJO UN CIELO DE CENIZA

He permanecido aquí,
en la blanca tempestad,
desolado y descifrando
a qué se debe este fracaso,
a qué se debe este final.
Puede que las respuestas
no las encuentre
bajo un cielo de ceniza
y que maldiga el futuro
que se fue detrás de ti,
pero al haber ya comprendido que,
al menos contigo,
en el amor más vale nunca que tarde,
he preferido contemplar
el panteón que hay sobre mí.

Diego M. Eguiguren, Bajo un cielo de ceniza, 2011; 2015
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del perú
ISBN: 978-612-46537-7-3